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martes, 12 de mayo de 2009

ITINERARIO ESPAÑOL (1931-1936)





A. T´SERSTEVENS:


......Jacinto Boñín y Campos, el espada que encontramos en Guadalupe, nos pidió que viniéramos a verle a su casa de Candelario. Jamás faltamos a una de estas invitaciones, que nos permiten entrar en la existencia íntima de las gentes del pueblo, las únicas que, después de todo, merecen ser estudiadas.
Paseo alegre, porque a pesar de los baches y el polvo las mañanas están llenas de paciencia y optimismo, y el camino de fantasía. No nos detenemos en Baños de Montemayor porque, pese a su nombre, se trata de baños para eczemas y otras dolencias cutáneas; tampoco en Béjar, que levanta el humo de sus fábricas. Candelario se encuentra a pocas vueltas de carretera, hacia el sur, al pie de la sierra del mismo nombre.
Desde que entramos en el pueblo (a pie; el coche con el gato de guardián aparcado a la sombra de un cobertizo) se nos refrescan los oídos con el murmullo da las aguas. Por las empinadas callejuelas se precipitan de todos lados, siguiendo los regatos de guijarros o las regueras cubiertas de losas; se derraman en gruesos chorros de cristal sobre las innumerables fuentes, casi siempre pilones sin adorno alguno. Ello produce un ruido continuo, la fresca circulación arterial de los pueblos próximos de la montaña.
Las casas, pintadas de blanco —un cuadro de granito azul alrededor d las puertas y ventanas—, tienen un balcón con barandilla de hierre en el primer piso y, bajo la pendiente del tejado de tejas, una galería con baranda de madera que ocupa todo e! ancho de la fachada. La entrada es de lo más curioso: además de la puerta habitual con dos hojas que se abren hacia el interior, tiene un portón semejante al de las cuadras, recortado hasta la mitad de su anchura en curvas declinantes, que se abre hacia el exterior. A menudo el dintel de piedra lleva grabado a cada lado de una cruz la fecha de construcción; las hay muy antiguas, otras casi contemporáneas, pero las casas, semejantes todas, muestra la persistencia de un estilo puramente local.
La mayoría de las mujeres llevan un traje particular de la región hecho de una tiesa tela de lana, falda con tres pliegues y esclavina sobre las espaldas, que les dan un aire de personajes acartonados; el cuerpo, abombado por el grosor del tejido, es muy sencillo durante la semana, y los días de fiesta se adorna con pesados bordados que descienden hasta el extremo de las mangas, con botones de hierro o de nácar en el antebrazo. Cuando van a la iglesia colocan sobre su cabeza un mantón de seda con ancha banda• de terciopelo que cae hasta el talle y con la parte alta realzada en punta por el moño, más o menos levantado según su estado.
1.
Se les escandalizaría a buen seguro si se les explicase el origen y significación de este peinado, por qué las muchachas solteras no llevan moño levantado, por qué las casadas lo llevan en forma cilíndrica todo derecho en lo más alto de la cabeza, y por qué las viudas lo llevan escondido hacia el occipucio. Ellas lo hacen por tradición, pero es probable que ignoren el simbolismo sexual de este moño, que manifiesta el legítimo orgullo de las esposas y el pesar de las viudas. Esta costumbre —si hago caso a mis lecturas— no sería exclusiva de la sierra de Candelario; se encuentra, según parece, en ciertas islas de Indonesia y en algunos cantones de China; pero jamás he ido allí y suelo desconfiar siempre de las historias que yo no he podido comprobar "de visu".
Un espada es siempre célebre: no tenemos ninguna dificultad en localizar la casa de Jacinto. Se encuentra en una encantadora plazuela pavimentada de guijarros y anchas lo como el resto del pueblo; delante de la casa una ermita con pórtico de tejas, espadaña de granito y una cruz de piedra sobre columna a la entrada. Tras el portón una mujer mayor que lleva el moño caído parlotea con otra mucho más joven que lo enarbola bien erguido. La vieja —lo sabremos enseguida— es la abuela de Jacinto; la otra, su mujer. Al presentarnos cono los amigos franceses de Guadalupe, se lamentan con gran pesar: Jacinto no está; se marchó hace dos días con su cuadrilla de turno a torear a Montánchez, cerca de Trujillo; jamás se perdonará el haberles fallado!
Nos hacen entrar en la sala baja, que es el centro vital de la cara, una grao ‘habitación cuadrada con los muebles indispensables; sobre los muros, grandes carteles de colores en donde figura un matador cualquiera en lidia con el toro, y debajo el nombre de Jacinto Boñín en letras grandes. Hacen que nos sentemos junto a una alargada mesa, las dos mujeres de pie a nuestro lado, como debe ser. Toda la familia, traída por el ruido va apareciendo poco a poco y viene a colocarse tras nosotros: hombres, mujeres, niños y un anciano cura con sotana, que es el tío abuelo de Jacinto.
Cabe pensar que el espada ha exagerado un poco nuestro encuentro, porque nos hablan del banquete al que él y nosotros habríamos sido invitados. Dejo a nuestros anfitriones con sus ilusiones: una comida de sardinas en aceite era, en efecto, poco digna de un glorioso matador. Sentados total mente solos en una esquina de la mesa nos vemos gratificados con dos minúsculos vasos en los que nos sirven con atentísima solicitud un licor de cacao que tiene olor a supositorio, mientras toda la familia, de pie en semicírculo —la sotana en medio—, nos mira beber esta mixtura farmacéutica. Pregunto al cura, como el más instruido del grupo, lo que significa el extraño peinado de las mujeres. Nada sabe del tema; siempre las ha visto peinadas así. Es otro cura, don Crisógono, capellán de las Batuecas, quien me informará allí con púdicos circunloquios.
En Plasencia nos habíamos abastecido de golosinas para los chiquillos, y les distribuimos unos horribles pasteles españoles coronados con una crema de vainilla color amarillo huevo. Los muchachos, maravillados con tanto esplendor, no se atreven a hincarles el diente delante de nosotros y los contemplan sobre su mano extendida. Nos ofrecen un segundo vaso de cacao, pero hemos sufrido tanto al tragar el primero, que nos levantamos para despedirnos. La abuela nos hace prometer que volveremos pronto, compromiso que jamás hemos podido cumplir, y toda la tribu nos acompaña hasta la plazuela, en donde una docena de personas mayores y una treintena de chiquillos, puestos al corriente de nuestra visita, esperaban para vernos salir. La chiquillería, como de costumbre, ya no nos abandonará, silenciosamente unida a nuestros pasos mientras continuamos visitando el pueblo. Nos será necesario subir al coche y salir a toda velocidad para librarnos de ellos, en medio de los gritos « ¡ Un gato! Un gato grande!» que saludan la aparición de Puma...


Del libro ," Viajeros extranjeros en Salamanca ", de Juan Martín y Jesús Majada (1300-1936)

Centro de Estudios Salmantinos

Consejo superior de Investigaciones Científicas


1 Se recuerda, como apuntábamos en el catálogo, que el libro de t’Serste no es el resultado de un único viaje, sino el de varios, realizados entre 1931 y 1961. Por ello no debe extrañar que en el texto aparezcan referencias a algunos hechos posteriores a la Guerra Civil.

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